No quiero aburrir a nadie, pero mucho menos quiero hacer alarde de mi «inventiva» y de mi «buen humor». Si algo creo que puede caracterizar esta época de redes sociales, es que los más y los menos pretendemos pasar por «divertidos». Es el tiempo de los memes, el imperio del tuit ingenioso. Muchos son los que se esfuerzan para erigirse en campeones de los 140 caracteres: los más ingeniosos, los más agudos, los más divertidos, los más salomónicos. Todo, claro, dentro de un orden democrático: cualquiera poder ser «el rey de los chistosos». ¡El zasca está al alcance de casi todos!
Mas este humor de todos y entre todos tiene sus propias reglas. Sus pretensiones se agotan en la propia médula de su enunciado. Realmente no pretende criticar nada: es un humor resignado. Ni criticar a nadie: se sitúa en la antípoda de la sátira o la caricatura. Es polite, cool, «políticamente correcto».
Desactiva la indignación, la enervación de los ánimos, el tole. Tienen todos los partícipes de este humorismo un algo de dandis postmodernos, de estoicos divertidos, de galeotes contentos. Tan solo se pretende que esbocemos una sonrisa y que aplaudamos el cacumen de sus autores o retuiteadores en las sempiternas justas humorísticas de las redes.
Y este tipo de humor sirve tanto para tratar la última trastada de la tonadillera o el famoso de turno como para hablar de cualquier atropello o desgracia. Y para muestra un botón:
Ha tenido que venir una pandemia mundial para que los códigos QR sirvan para algo.
He visto muchas películas de pandemia, pero en ninguna mandaban deberes on line.
Veréis que risas cuando al llegar a casa le quitéis la mascarilla al niño y no sea el vuestro.
Sánchez, que si habéis comprado 20 millones de dosis, que compréis también jeringuillas, que os conozco.
¿Alguien ha pensado en las palomas? O sea, tienen que estar flipando en plan donde se ha metido todo el mundo.
Mi hijo me acaba de confesar qué deseó cuando se tomó las uvas en Nochevieja: que cerraran el cole. Espero que aprenda a controlar su poder.
El drama va a ser cuando vayamos a por levadura y papel higiénico y al volver se nos hayan metido okupas en casa.
No hay pretensión de nada. ¡Todo es «diver»! Es un humorismo endogámico que se repliega en torno a sí mismo. No quiere concienciar, protestar, criticar o señalar. No es pesimista, es insustancial y describe, en expresión de Gilles Lipovetsky, un «mundo radiante». En el fondo —y en la superficie—, este tipo de guasa, tan pretendidamente brillante como inodora, hace un gran favor al estado de cosas imperante. Porque, al ser un humor carente de sátira o de confrontación directa, deja a los cómitres libres para que sigan marcando nuestro ritmo. Las cosas son así y solo podemos observar el bosque desde fuera y congratularnos de nuestro propio ingenio.
El colectivo que comparte este humorismo se experimenta por encima del mundo y sus desgracias, siente que «controla la situación». Se huye de cualquier crítica profunda, de cualquier dolor en aras de un ambiente festivo y sin aristas. Nos unimos a esa vibración de María Antonieta cuando supuestamente exclamó: «¿No tienen pan? ¡Que coman pasteles!». ¡Qué gran tuitera hubiese sido la austriaca decapitada!
En el fondo, todo esto es la máscara de una sociedad que no quiere descubrir su propia impotencia. Desprovista de verdaderos mecanismos para cambiar lo que le rodea, se complace en reírse de forma incolora e insípida. Y por eso nos hacemos cómplices de lo que pasa, nos convertimos en aristócratas decadentes haciendo florituras verbales o visuales con un mundo enfermo de indignidades, mientras sacamos pecho proclamando al mundo lo agudos que somos. En palabras de Lipovetsky: «desdramatizamos lo real y nos caracterizamos por una actitud maliciosamente relajada frente a los acontecimientos». Porque todo esto ya lo apuntaba el sociólogo francés hace casi cuarenta años cuando describía el huero espíritu narcisista que nos tiene poseídos. Y, si queremos ir un «poquito» más atrás, nos topamos con Ortega y su profética La rebelión de las masas. Allá va una perla de lo que es un mar tapizado de ellas:
«Al nuevo Adán no se le ocurre dudar de su propia plenitud»
En fin, quien quiera entender, que entienda. La idiocia colectiva y la autolobotomía están a la vuelta de la esquina. Una última cosa: abstenerse de retuitearme… Bueno, si no pueden resistirlo…