Pregunta retórica, porque la broma llegó para quedarse. Porque vivimos, pese a todo, en un mundo «simpático». Porque la protesta se queda en un meme ingenioso. Porque no se discute, se lincha. Se marca al oponente con las dos etiquetas disponibles que nos suministran los crupieres del juego. Y, ya se sabe, la banca siempre gana.
La sensación de broma me llega por todas partes. Es cómo surcar un océano todo él de chisme y pura chanza. Enciendes la televisión, caballito de Troya del oligopolio mediático, y allá que concursan en la nueva cucaña, que cotorrean sobre este gallipavo o sobre aquella garza, que jalean gol en un nuevo milagro de los tres postes. Y aparecen los caporales del gobierno, los cachicanes del congreso, los mandamases de este o aquel lar del solar celtibérico. Y te juegan al «donde-dije-digo-dije-Diego», y te la juegan al trile, y al aquí no ha pasado nada. Y ya no sabes si estás viendo el concurso, el programa de cotorreo o «el Clásico». Y les observas un poco. Y descubres que poseen la avidez del concursante, el discurso del futbolista y la moral de la farándula. Son entre celebrities y monarcas, aristócratas de reciente cuño, salidos de las listas de su partido y de esta antífrasis creciente que es nuestra «democracia». Porque no son elegidos por nosotros, sino por sus senescales. Porque se premia la sumisión, el cinismo, la obediencia para aparecer en los rentabilísimos contornos de esa papeleta bendecida con el membrete de esta o aquella acera. Porque nosotros somos simplemente las acémilas que las transportamos hasta sus urnas.
Por eso siento que esto es una broma. Mas quizás haya sido una broma siempre. Si antes se dominaba a los hatos con las llamas de Pero Botero y el analfabetismo global, ahora se hace con el opio de Netflix, de las redes sociales o de La Liga Santander. Porque el debate social se restringe a esa avecilla de alas quebradas y al ruedo de unos periodistas abonados a uno u otro lado del juego de trincheras. Sí, a veces se atisba un rayo de luz entre los cerrados nimbos o una cabalgada quijotesca en el páramo yermo. Y uno no sabe si es un acceso de decencia o lo hacen, simplemente, por disimular. El caso es que nunca se atacan las bases del falso ídolo y las cosas siguen tal cual.
Algún día, alguna generación tendrá que analizar con auténtico sentido crítico y político nuestra Transición, libre por fin del credo oficialista de los rapsodas de la misma, al estilo de los Urbano, los Prego o los Campo Vidal. Porque al igual que no se puede admitir que el jefe supremo del reino lo sea por la gracia de Dios tampoco me entra en la mollera que los artífices de la sacrosanta «Transición» fueran el exjefe del Movimiento y el heredero de un dictador. Es hora de acabar con los credos. Porque los credos solo sirven a una clase privilegiada, llámese Iglesia, Movimiento Nacional o régimen de partidos.
Porque al final todo consiste en diluir la sustancia venenosa, el poder oligárquico, la coerción de los de arriba, el ninguneo de la voluntad de casi todos. Y así hoy disfrutamos de una homeopatía del Régimen Anterior. O, si se quiere, de un restyling de la añosa Restauración aquella de los Canovas y los Sagasta. Porque siguen los caciques de antaño (no les será difícil enumerarlos), los poderes fácticos, la mascarada de la división de poderes. Y, aunque España sea «una deformación grotesca de la civilización occidental», los aires que nos vienen de Bruselas tampoco nos sanan. En la Europa del otro lado del Telón de Acero se quiso frenar al Belcebú comunista y el Amigo Americano optó por implantar democracias muy alejadas de la suya. Y así integró las masas en sistemas de partidos (¡el viejo sueño del fascismo!). Los partidos son manejables, las masas no. Y, lo que es más importante, los partidos siempre se entienden entre sí, aunque enseñen los dientes de cara a la galería para la preceptiva colecta de votos. Nadie ha estudiado tan bien el fenómeno como Robert Mitchels en su sociología de los partidos políticos. Obra, por cierto, descatalogadísima. Sintomático, ¿no?
En fin, que la broma se huele por todos los sitios. Los garantes de la democracia son los partidos políticos que son, justamente, las organizaciones menos democráticas y más jerarquizadas que existen. Los partidos, en teoría, deben defender a sus electores de los desmanes del Estado, cambiarlo en beneficio de sus votantes… Mas son partidos estatales, esto es, que viven del y para el Estado. Los individuos que ocupan los estalos nacen, crecen, se reproducen y mueren en sus bancadas: eso se llaman régimen aristocrático. Y si alguien señala este imperio de bromas y tomaduras de pelo, le silencian, que es una forma de «homicidio civilizado».
¿Qué hacer frente a la chacota institucionalizada y al marasmo? Ya que no se puede luchar por una dignidad colectiva, luchemos, al menos, por la nuestra propia. El tiempo que dedicamos a los ocios que suministran es tiempo que invertimos en la idiocia que nos proponen. Salgamos del redil y del establo. ¡No consintamos esta expropiación de nuestro tiempo! Porque tiempo somos y no otra cosa. Escuchemos a los que hablan diferente, a los que pensaron estando únicamente a sueldo de su propia conciencia, a los clásicos. Sepamos de dónde venimos, observemos al aristócrata que nos habla desde el estrado, el negocio que supone enfrentarnos cainitamente por ser de este color o de este otro. Observémonos desde fuera, cuando acudamos en festiva reata cada cuatrienio.
Liberémonos de políticos. Liberémonos de pantallas. Liberémonos de etiquetas. No consintamos ni un minuto más esta colonización de nuestro seso. Y preguntémonos, como Ortega, por la «ausencia de los mejores». Y nos daremos cuenta que nuestra «democracia» los expulsa. Y, lo que es más grave, nuestro resentimiento para con la excelencia y nuestra pequeñez narcisista también lo hace, invirtiendo el «tesoro de nuestro entusiasmo vital» en oportunistas y charlatanes. Solo así dejaremos de participar en la broma y en el sórdido meme al que se ha reducido nuestra reciente historia. Por nosotros mismos. Y por los que nos sigan.