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¿FIN DEL TRAYECTO?






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EL PODER o POR QUÉ NO EXISTE DEMOCRACIA

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DE PASTORES Y CORDEROS




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LO QUE EL AGUA NOS TRAE

Se habla estos días terribles de indignación, de dolosa inacción, de fallos y carencias en la cadena de mando. De la valentía de uno, de la cobardía del otro, de la nadería del de más allá. Se habla de políticos irresponsables y desconectados, de utilizar a las víctimas como herramienta política, de que el pueblo sabe gestionarse mejor que sus dirigentes. Se habla, incluso, de Estado fallido.

Los tertulianos y comentaristas más beligerantes y honrosos arrojan merecido barro a toda la clase política, señalan la babel de las Administraciones incapaces de actuar a tiempo, claman contra el presidente de la nación. Pero no se habla del problema real que late en el fondo de este dramático episodio. ¿Cómo es posible en gente tan preparada? Los dardos, como siempre, se quedan a decenas de metros de la diana.

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¡Que viene Salomón!

Es difícil escribir en estos momentos. Y, sin embargo, se hace completamente necesario. No quiero poner nombres. Quiere minimizar calificativos. Y es que, de forma automática, el cerebro promedio te coloca en un cajón o en otro. A la cabeza me viene esa cita lapidaria de Ortega, quizás su frase más acertada: «Ser de izquierdas o de derechas son dos formas de la hemiplejia moral». Quisiera excavar un poco debajo de este axioma. Saber por qué los individuos unen su raciocinio y emoción a otros individuos que, saliendo por prensa, redes o televisión, se erigen en estandarte de ciertos valores y sensibilidades. Es un fenómeno capital si queremos entender un poco de lo que está aconteciendo en la rúa. Pero quizás en eso de «querer entender» radique realmente el problema.  Entender requiere, muchas veces, un esfuerzo titánico, un enfrentarse contra uno mismo, una auténtica extirpación de órganos ajenos que parasitan nuestro entendimiento. Porque la conciencia es precisamente eso: confrontarse con uno mismo. Pero este requiere muchas calorías mentales. Tal y cómo estamos lo entendemos todo. ¿Por qué arrojarnos de nuestros pedestales? Ese individuo-estandarte que sale por las pantallas sabe lo que hace. Solo debemos seguirle para sentirnos salvos, puros, ideológicamente acertados…

Si obrara la inteligencia, veríamos que el tal individuo televisado sopla por un caramillo como aquel célebre flautista de Hamelín. ¿Y qué es lo que quiere? Pues el oro de la villa y encerrar nuestro entendimiento en lo más hondo de su montaña.  Si obrara la inteligencia, nos daríamos cuenta que el tal individuo televisado solo busca su más espurio provecho: cetro, corona, poder, vanidad. Y en ese afán pondrá los mares de al revés o cubrirá con ladrillos el cielo. ¿Por qué nos unimos a él? ¿Porque lo de enfrente nos parece todavía más infecto? Que obre de nuevo la inteligencia, la individualidad, dejemos de formar parte de esos organismos televisados. ¿Por qué tenemos que ser adalides de sus intereses y negocios? Las pantallas así lo quieren. Miremos detrás de las pantallas, ¿quién los anima? Los mismos individuos televisados.

Nosotros seguimos siendo clase media tirando a pobre o clase pobre sin pensar en medias. Todos los que han ostentado el cetro durante cuatro o más años han secuestrado o mantenido el secuestro de los togados, han bailado la música de lobbies y bancos, han aumentado sus propios estipendios y prebendas como buena aristocracia y oligarquía que son. No ha crecido la democracia, los derechos del individuo o del pueblo, el reparto y el acceso a la riqueza. Miremos un poco a nuestro alrededor. Miremos con inteligencia. ¡Mira! La Seguridad Social, por ejemplo. Trabajar cuesta dinero. No pagas según ganes, a diferencia de otros países más civilizados de nuestro entorno. Debes pagar un fijo. Un fijo, para los que quieren salir de su pobreza, inasumible. Sigamos mirado. ¡Ahí! La Sareb, por ejemplo, esos «bancos malos» que extrajeron de los balances de las entidades intervenidas miles y miles de inmuebles para sanearlos. Lo pagamos todos. Era una oportunidad de ofrecer vivienda a la gente a un coste asumible. Pues nones. La supuesta empresa pública especula con ellas. Sus redes son intrincadas y ocultas como sus conexiones con el poder. Hoy veo una que se ofrecía en subasta a un 160 % de su valor. Repitamos el revelador axioma: «Las deudas se socializan, los beneficios son privados». Les pido otro ejemplo, seguro que conocen cientos…

Podríamos seguir hablando. Con inteligencia. Como individuos. Decir que la democracia se nos ofreció desde arriba desde aquella sempiterna muerte del General. Pero todo lo que se ofrece desde arriba un día se puede quitar. Hicieron creer a nuestros padres y abuelos que conquistaron lo que se les dadivaba desde los estalos. Para tranquilizarnos. Para que estuviéramos quietecitos. Porque tocaba. De nuevo otro axioma, el del «gatopardismo» en este caso: «Para que todo siga igual, debes cambiarlo todo».

A estas alturas del escrito, espero que nadie me haya introducido en la naveta de uno de los dos lados. Sé que es una tentación, nos ahorra infinito tiempo e incalculable esfuerzo. Ahora bien, ¿qué está sucediendo en estos días tan agitados? El Prometeo de la razón observa un individuo-estandarte que, como Salomón, desea reinar, legislar y juzgar. En su sueño salomónico, pactará con filisteos o edomitas, pondrá el Arca de la Alianza en venta o partirá en dos cualquier cosa. ¡¿Ya me han metido en la naveta?! ¿Sí? ¡Enhorabuena!