He querido aproximarme al laberinto sirio más allá de prensa y telediarios. Diez años de guerra ya lo merecen. Si no me llegan algo de los baladros y la sanguaza de esa carnicería que ya va camino de la década, malo. ¿Qué pasa en Siria? ¿Qué sucede en ese rincón del Creciente fértil? Por allá se originó la revolución neolítica. Por allá Saulo se cayó del caballo. Hititas, egipcios, asirios, persas, griegos, romanos, bizantinos, cruzados, selyúcidas, omeyas, mamelucos, turcos, franceses, británicos… Es una encrucijada de pueblos y civilizaciones. Después de su independencia, una de sus minorías, los alauitas, auspiciados por los franceses y aupados en el ejército y en la doctrina socialista panárabe se hace con el control del antiguo «Mandato francés de Siria». Un militar, Háfez, y su clan alauita se hicieron con las riendas del país. Se instituyó una policía secreta, la mukhabarat, heredera de los servicios secretos franceses, la Stasi de la RDA y la peor Inquisición. El país se convirtió en un cortijo del clan Assad, que controlaba con mano férrea la vida de los sirios. La economía del país pasaba por manos de la familia, que dominaban sus sectores estratégicos, concedían licencias y favores a sus acólitos, dominaban el tráfico de armas, de drogas o de lo que hiciera falta. Soborno, corrupción y miedo eran las monedas de cambio de la ominosa república árabe.
Otro tema: más del setenta por ciento de la población del país está constituido por sunitas. Los alauitas, minoría oprimida en el pasado, apenas suman un diez por ciento, pero constituyen el grueso del ejército, de los mandos, de la policía política, de los favorecidos por el régimen. Los alauitas, chiitas en cierta forma, están apoyados por los iraníes y los libaneses de Hezbolá, también chiitas. Irán ve en Damasco un corredor hacia el Mediterráneo y una frontera con el enemigo secular: Israel. A su vez, los sunitas, mayoría oprimida, tienen el apoyo de Arabia Saudí, también sunita. Qatar, competencia de los saudíes, aunque también sunita, también quiere alcanzar notoriedad. En esto hay que recordar como Arabia e Irán, adalides de sunitas y chiitas respectivamente, luchan por la supremacía en la zona. A esto se une Turquía, que quiere controlar a los kurdos, muy presentes en su frontera con Siria. ¡Cómo les gustaría borrarles de un plumazo! Por si esto fuera poco, tenemos a los rusos y su único puerto en el Mare Nostrum: Lakatia, en la costa siria. ¿Cómo desaprovechar la oportunidad de alterar el juego de poderes en Oriente Medio dominado por el eje Washington-Tel Aviv? En fin, que un conflicto en Siria va a ser todo menos un conflicto entre sirios… ¡Pura geopolítica!
Cuando estalla la Primavera Árabe, el hijo de Háfez, Bashar, tiembla. Aunque teñido de occidental, gracias a sus años de estudios en Londres, su talante «modernizador» y su glamurosa esposa Asma (dotada de pasaporte británico), no tarde en asumir el alma carnicera de su padre y empieza a disparar, detener y torturar a los manifestantes. Occidente pone el grito en el cielo. Rusia e Irán se movilizan en favor de su magnífico peón en la zona. Turquía, Qatar y Arabia arman a los rebeldes. Estados Unidos y la OTAN hacen amagos, pero Iraq está muy reciente. Además, en Siria no hay pozos. Y Obama ladra, pero no muerde. Dice que va a suministrar a los opositores armas «solo defensivas». ¡Chúpate esa! Los presidios se llenan. La cárcel de Saydnaya se convierte en un nuevo remedo del Infierno. Vladimir pone los aviones, Irán la mano de obra… Y en esto que surgen nuevos actores: el frente al Nusra y, después, el Isis. Son los terroristas: el enemigo común, los salvajes que cortan cuellos frente a la cámara y perpetran atentados en las ciudades europeas. Es el momento que esperaba el clan de los Assad: «¿Veis? Ni Primavera, ni cojones: todos los rebeldes son terroristas». Bashar, entonces, se convierte en un cruzado contra el terrorismo, en un defensor de los cristianos, las minorías y el islamismo moderado. Grupos de derecha en Francia y EE.UU ven en el hijo de Háfez un garante de los cristianos en Siria y un azote contra el terrorismo. Grupos de izquierda se posicionan contra la injerencia de los yanquis y los occidentales en aquellas tierras bañadas por el Éufrates. Israel, por su parte, prefiero lo malo conocido: sabe que los Assad solo se pavonean y alardean de antisemitas, pero que van a respetar el statu quo. El mensaje es claro: dejarme en Siria en paz que yo dejaré en paz a los hebreos y colaboraré contra el terrorismo yihadista internacional. Jaque mate: Bashar lucha contra terroristas.
Ya no hay una juventud que exige cambios democráticos. Ya no hay un pueblo que se levanta contra un régimen opresor y dictatorial que ya ha cumplido medio siglo. Ya no hay torturas, ni desapariciones, ni crímenes de guerra, ni corrupción criminal. Bashar ha ganado. Y sus aliados. Y Siria pasa de moda. Y ya no nos asombran sus muertos ni nos indignan sus exiliados. A otra cosa, mariposa.
Y en esto que me quiero enterar de algo. Y tomo varios libros. Entre ellos, «Cartas de Alepo», de un tal George Sabé, hermano marista, y Nabil Antaki, un doctor, implicado hasta en la medula en la ayuda humanitaria a la castigada y milenaria Alepo.
Las primeras páginas conmueven. Poco después te lleva a ese onanismo machacón y promocional propio de las organizaciones cristianas: «Oye, mira los mucho que hago y lo fantásticamente que creo en Dios…». Y es que me conozco el tufo: fui a cole de curas… ¡Ay, ese buenismo cristiano! ¡Esa manipulación a través de la piedad finamente impostada! ¡Qué psicotrópico para la lobotomía mental y el piadoso control de tu vida! ¡Nuestros miedos y miserias crean su imperio! Cuando se repite y se repite el mucho amor con el que se hacen las cosas, uno empieza a sospechar algo siniestro… Porque suena a anuncio, a marketing machacón, a compra Omo porque es el que lava más limpio… Quieren adueñarse de tu ropa y de tu alma…
Pero lo peor venía avanzado el libro. Todo lo anterior sería predecible y hasta tolerable, cuando descubres un corazón totalmente podrido. Sí, hay relatos estremecedores, llamamientos justos, pero en la página 161 te suelta el tal Nabil Antaki: «Todos los sirios anhelan la paz y añoran la época, no tan lejana, en que vivían de forma pacífica en un país estable, seguro, próspero y laico que respetaba a todos sus ciudadanos, con independencia de su origen étnico o su pertenencia religiosa»!? Cosa que te vuelve a repetir en la página 235. Ataca a los medios occidentales que «solo abren su bocaza para criticar al ejército sirio» (pg. 242), habla de «propaganda mediática occidental» y los tacha de «sesgados» y «maniqueos». Mantiene que «solo puede lograrse una solución política manteniendo al presidente, que cuenta con el amplio apoyo de la población…» (pg. 275). En fin, que el libro, en vez de «Cartas de Alepo», se podría haber titulado: «Bashar: desde Alepo con amor». Ni una palabra de la represión sangrienta de la Primavera Árabe. Ni una palabra de todos los torturados y desaparecidos durante el mandato suyo y el de su padre. Ni una palabra de la policía política, la mukhabarat o la represión despiadada y sistemática de cualquiera que alzara o pareciera alzar un poquito la voz. Ni una palabra de la terrible corrupción que atraviesa todo el tejido social y económico del país. Ni una palabra contra uno de los regímenes más sangrientos del planeta que ya lleva instaurado medio siglo en aquella desdichada república.
A lo mejor, si solo leo este libro, me creo el discurso y llego a la conclusión de que Bashar, en el fondo, es un buen niño… Más me había vacunado: me asomé a la realidad del «hombre sirio» a través de las páginas de «El caparazón», de Mustafa Khalifa. Mustafa fue un joven que pasó por las cárceles del padre de Bashar… ¡Y allí estuvo trece años! ¿Su crimen? Una mezcla de error burocrático y un chiste que hizo sobre el «Líder eterno». Es difícil describir un libro así. Es kafkiano sin pretenderlo, humanísimo en su simplicidad. Lloré tres veces con él. Está en la línea del «Si esto es un hombre», de Primo Levi, o «Archipiélago Gulag», de Solzhenitsyn, pero sin pretender nada de nada. Y, en fin, muestra el alma del régimen, el del padre y el del hijo, y, ante esta revelación, de poco sirve que te quieran vender cualquier discurso. Mi otra dosis de vacuna fue el libro del periodista Sam Daguer, «Assad o quemamos el país» (solo disponible hasta la fecha en inglés), exposición clara y pormenorizada de lo acaecido en aquel país donde en algún momento estuvo el Paraíso terrenal.
Tomadas después estas «Cartas de Alepo», descubres que, bajo la égida del trabajo pío y solidario de estos «siervos de Dios», late el servicio a la causa de los Assad, sangrientos amos de este bíblico rincón del mundo. ¿Ejercicio de supervivencia? ¿Espera de prebendas? ¿Marketing adrede en apoyo del dictador? Eso habría que preguntárselo a sus autores.