Asómate. Eres joven. O «neo-joven». El mundo es lúdico y molón. El Paraíso existe, solo hay que darle a un botón: mundos en los que poder ser superhéroe, disfrutar de deportes y música molona, de una cantera inagotable de amigos con los que poder chismorrear y reírte, de ligue sin límites… Bienvenidos a la Atlántida de los youtubers, de los tiktokers, de los streamers, de los influencers… Ellos son los nuevos dioses. Porque la pantalla es una peana: todo quien logre izarse sobre ella se deifica. La pantalla transustancia, nos vuelve importantes, de una naturaleza superior a la humana. Baste aparecer en una gran cadena o tener un número suficiente de followers. Sucede que ahora, los jóvenes, eligen sus propios dioses. A la basura impuesta imponen su propia basura. Y cualquiera puede aspirar a ser basura transmutada, esto, «celebridad». Un gracejo en el hablar, una lucidez especial para las cosas del píxel y mucho, mucho trabajo (porque trabajo es también darle horas y horas a la consola) nos pueden convertir en célebres youtubers, en potentes streamers, en grandes «creadores de contenido». Es el mundo de los eufemismos de relumbrón. Se habla de influencers, no de niñatas que menean sinuosas sus esfericidades físicas y mentales o de cabestros que se tocan y retocan sus ovoides ya negros mientras su vida transcurre épica de pantalla en pantalla de videojuego. ¿De qué hablan? ¿Sobre qué discurren? ¿Qué «contenido» crean? ¿El conjunto vacío en sus mil e infinitas formas y variaciones?
Es el triunfo de la vulgaridad, de la pereza, de la ociosidad, de la improductividad, de lo instintivo… Es el nuevo Paraíso que respira a la vuelta de cualquier pantalla. ¿Quizás la Paz Perpetua de la que hablaba Kant? Todos conectados, todos felices. Se decía, en sus inicios, que Internet nos iba a liberar, que el mundo entero se iba a comunicar y a enterar de todo. Que cada teclado podría conspirar para derrocar a los eternos lobos que tratan la vida y sus moradores como su botín particular. ¡Qué lejos queda eso! La vulgaridad y la ignorancia se retroalimentan y se expanden. Y todos lo quieren así. Se impone el «espíritu joven», el deseo de molar, de bullir, de pasarlo bien. De probar. De consumir. Mamá se conecta al Sálvame, papá al canal deportivo, los niños al Twich, al Discord o al Bunch. Nadie conspira, nadie levanta la voz contra los amos del establo. Los intereses son otros. Se centran en las pantallas. Está la realidad y la telerrealidad, la pantalla-realidad, la hiperrealidad… Y estas últimas son las que importan. O, por lo menos, nos absorben el suficiente tiempo para no poner en tela de juicio la «realidad» en la que vivimos. Es más: la realidad se ve invadida por la realidad de los displays hasta tal punto que, a veces, la supera. O se mezcla pérfidamente con ella hasta no poder distinguirse la una de la otra. Ahora nuestro Segismundo exclamaría que la vida, además de sueño, es hiperrealidad…
Hubo un tiempo en que ser joven era sinónimo de querer cambiar el mundo, de derribar el orden de los mayores en pos de un valor superior. Hoy «ser joven» es exclusivamente otra cosa: es absorber todos los néctares de la vida, es entregarse al genio de la ociosidad, es contemplarse como Narciso en el estanque de una pantalla… Y todo esto contribuye, ciertamente, a la «paz social»…
Mas todo esto interesa. Y mucho. La ignorancia es el trampolín de los poderosos, la impulsividad el abono del mercado. Las pantallas estabulan a las masas. Tiempo que discurro porque el futbolista se enfadó con la modelo o por qué demonios no me paso la pantalla, tiempo que no me hierve la sangre porque no tengo un empleo digno, o una electricidad que nos vuelve mendigos energéticos, o una hipoteca que nos hace siervos de los bancos durante el resto de nuestras vidas. ¡Y eso con suerte!
Los jóvenes se vuelven «protagonistas»: protagonistas de las películas y de las series, de las campañas de marketing, de los programas televisivos, de la venta de móviles… ¿Por qué interesa tanto «lo joven»? Porque, en terminología económica, su propensión marginal al consumo (las unidades monetarias destinadas al consumo cuando la renta crece en una unidad) es la más elevada… ¿No se gastan sus míseros ahorros en el supermóvil de turno o en el gadget de ensueño? Ellos son superconsumidores, los más permeables al marketing. Evidentemente no les venden hipotecas ni autos de lujo, pero millones de «a poquitos» es un gran negocio. Por otro lado, se les desarma: se reconduce la energía de la juventud desde la confrontación con el orden establecido al ámbito del chisme y el consumismo. Es más, si quieres ganarte unas perrillas créate un canal de streamer en Twitch, por ejemplo. Oye, que cinco euros por quinientos followers ya empieza a ser dinero: juega al Fortnite o menea las caderas con tu reguetón favorito. ¡Monetiza tu ociosidad o tu ordinariez más mediática! ¡Quizás llegues a ser todo un influencer!
Es curioso como el sistema lo absorbe y recrea todo. El ocio paralelo de Internet es una fuente inagotable de ingresos publicitarios, los chavales venden su intimidad y su tiempo con el sueño del Dorado de la red y muchos se sumergen en un juego de pantallas en el que observan y son observados. Y, aunque no sea así, el mundo parecer ser este. Y lo que parece se impone a lo que es y termina siendo. Mientras, se lanzan campañas para que los críos levanten la mirada de las pantallas, ¿para qué?, ¿para contemplar las vuestras? El ministro de turno, entre tanto, lanza una campaña de fomento de la lectura… El muy cínico… ¡Qué mejor para el poder que una juventud que no descubra nunca, por ejemplo, que no vive en democracia sino regido por una aristocracia de partidos! Porque ¿qué importa eso? ¿Qué importa que los poderes del Estado estén en la práctica unidos, que la ley hipotecaria esté redactada por los bancos, que existan puertas giratorias y una maravillosa galería de túneles entre los poderes económicos y los políticos? ¿Qué importa que vivamos en pleno feudalismo hipotecario, que se recompense el cinismo, el servilismo y la demagogia, que se loe en todas partes el chisme y la ignorancia?
En fin, no sigo. Desenmascarar las apariencias y ver los espurios intereses que las animan y reproducen es el deber de nuestra inteligencia. El de los mercaderes y politicastros del mundo, lógicamente, es evitarlo. Solo espero que Narciso caiga por su propio peso en el estanque donde se contempla. Solo entonces veremos las olas que se levantan.