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Ciudadano Gálvez

MODERNA EDAD MEDIA: de cuotas, peajes y facturas de electricidad

Para acabar con un problema el primer paso es darse cuenta del mismo. Eso, por lo menos, es lo que apunta la lógica. Sin embargo, darse cuenta y resignarse, hacerse el harakiri cardial y mental, es lo que solemos hacer. ¿Pero esto, de verdad, es darse cuenta de algo? Si el descubrimiento del abuso no cambia ni un ápice nuestra forma de obrar, ingresaremos con honores en la comunidad de los organismos que opositan a desaparecer.

Indolencia de ánimo, necrosis de la libertad y la inteligencia, cinismo como regla social imperante, idiocia progresiva en los discursos y manifestaciones de la colectividad… Ese es el mapa de la sociedad que vamos dibujando cuando asistimos al dislate y, en vez de levantarnos de la butaca, cerramos los ojos.

Porque el Espíritu de las leyes, de don Carlos Luis de Secondat, se publicó hace más de doscientos cincuenta años. Pero es que no hace ni cincuenta un señor de calva y fajín dictaba con rebenque nuestros destinos… Eso no son ni dos generaciones… La historia avanza lenta, muy lenta; la historia, esto es, nuestra capacidad para que nos sigan gobernando a golpe de tacto rectal. Porque se nos fue el general monórquido y volvimos a repetir nuestra historia. En este caso, el Cánovas del Castillo de turno era un guapo y ambicioso muchacho de Falange y Alfonso XII, su campechanísimo biznieto. ¡Toma una de Restauración! Eso sí, remasterizada con los autoproclamados herederos de Pablo Iglesias Posse y los comunistas de rabo y cuernos. Los Fraga, los Isidoro, los Roca Junyent se repartieron el pastel e impusieron una Constitución de tapadillo. Y, como antes se había ensalzada la gloriosa Cruzada Nacional, ahora se elevaba a los altares la divina Transición, ejemplo de libertades y espejo de democracias.

Y compramos el cuento: independizarnos del NO-DO y los carcundas puestos a dedo en todas partes nos hizo pensar que vivíamos en «democracia». Pero no nos quisimos dar cuenta que la Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista (FET y de las JONS), partido único durante las cuatro décadas en el regazo del Supremo Capitán de la Raza, se había disgregado en otros tantos. Los nuevos tiempos exigían acrónimos nuevos y, fieles a la religión gatopardista, todos los llamados a la mesa del poder exclamaron al unísono: «Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie». Y a ello se aplicaron. ¡Portentoso coro!

Sí, hay libertades… Libertad de izar una pancarta en la calle tras es el preceptivo permiso, libertad de besar a quién te dé la gana sin que te apliquen la Ley de vagos y maleantes, libertad de bautizarte con gaseosa en nombre de una nueva religión… Pero la existencia de «libertades» no implica la existencia de democracia. La democracia es un régimen de poderes y contrapoderes: si no existen, solo tendremos una engañosa mistificación.

Y en esta impostura, en esta interesada confusión colectiva juegan un importante papel libros de texto y medios de comunicación. Los unos, porque dicen a los niños que vivimos en democracia como un mantra que deben asumir sin posibilidad de matización. Los otros, porque obedecen los intereses espurios del dictado de las siglas políticas a las que sirven y a la confusión general convertida en único espacio político vital. Un mito de la caverna en toda regla…

Porque hay que decirlo. Hay que investigar. Hay que aislarse de los voceros de uno y otro lado. Hay que escuchar las voces silenciadas durante estas décadas de «democracia». Porque los de «uno y otro lado» sirven al mismo amo y se entienden en lo esencial: en mantener sus sueldos y sinecuras, y que el pueblo, el manido y utilizado pueblo, carezca por siempre de democracia y de libertad política reales. Porque vivimos, técnicamente, bajo una oligarquía de partidos. Porque los ciudadanos delegan por imperativo legal sus derechos y su libertad en estas organizaciones profundamente jerárquicas e inmanentemente antidemocráticas. Porque nunca podrán elegir directamente a un representante y echarle a los equis años por traicionar sus promesas y sus convicciones. Porque todo queda en una fiesta de papeletas y un reparto de sillones y estalos entre la camarilla de siervos del cabeza de lista o del sanedrín de sus siglas. Porque los partidos se funden con el Estado, que los mantiene y subvenciona, por lo que nunca podrán defendernos de, en palabras de Nietzsche, el «monstruo más frío». Porque los poderes tienden puentes y autopistas entre ellos: ¿qué es eso de que los partidos tengan que elegir los miembros de un órgano judicial? Porque los partidos, como bien señalaba hace cien años el sociólogo Robert Michels con su ley de hierro de las oligarquías, pactan secretamente entre ellos para que sigamos habitando resueltos esta «Democracia Barataria».

«¿Y a mí que más me da? Allá se las compongan», pensarán muchos habitantes de esta carpetovetónica república (entiéndase lo de «república»). Un régimen así, de partitocracia, implica corrupción y más corrupción, y el crecimiento en proporción geométrica de pequeños Estados dentro del propio Estado, de poder omnímodo, sin límites, de profunda raigambre absolutista o feudal: «yo lo digo, tú lo haces», aunque la cuestión clame al cielo que es un abuso irracional. La sociedad pierde, el Estado y sus grupúsculos ganan.

Y es que la cosa está ahí, mires por donde mires. Para muestra un botón. Toma el coche. Parte de Madrid a Segovia. O a Ávila. Como querrás evitar la montaña, pasarás por un túnel. Es el túnel de Guadarrama. Debes pagar unos veinte euros entre la ida y la vuelta. Resulta que fue una concesión franquista a 50 años. En 2018 debía retornar al Estado. Pero nones. La ampliaron diez años más. Una gracia del poder político a la cariñosa empresa en cuestión. Además, se abonará a la agraciada concesionaria con cinco años de… ¿¡indemnización!? El dinero, por supuesto, saldrá del IVA y del IRPF de todos.

Otra perla. Imaginemos que eres autónomo, pero que de un tiempo a esta parte no puedes abonar los casi trescientos euros que exige de alcabala la Seguridad Social. Pongamos que te sale algún trabajito. Poca cosa, pero te va a llenar la nevera. No quieres hacerlo en negro. Te unes a una cooperativa de trabajo: te dan de alta en la S.Social. ¿Qué hace la Agencia Tributaria? Investigar a estas organizaciones, estrangular la respuesta de una sociedad que quiere sobrevivir y hacer las cosas lo más legalmente que le permitan. En vez de imponer una tarifa de autónomos según tus ingresos como hacen allende los Pirineos, persiguen la respuesta de los miserables que no llegan al salario mínimo y no pueden abonar las tasas. La última cooperativa laboral de la que tengo noticia fue intervenida este mismo verano. A las peticiones de reunión por parte de los responsables de la misma, el omnipotente funcionario de turno les comunicó que se iba de vacaciones. Respuesta feudal, de abuso y desprecio medieval. ¿Qué más le da al burócrata plenipotenciario la suerte económica de los centenares de cooperativistas que difícilmente llegarán a final de mes? Como él cobra su buena paga puntualmente… Como ganará además un plus por pillar a semejantes «malhechores»… Y ahí seguimos. Sin posibilidad de réplica. Si existiera un régimen de autónomos análogo al de Francia o el Reino Unido no existirían estas cooperativas. Pero a las taifas del poder de la Seguridad Social y la Agencia Tributaria esto no les compete. Su único fin, como modernos monstruos mitológicos, es devorar y expandir su organismo. Cualquier otra consideración es secundaria. Vamos, que se las trae al pairo…

En fin, acabo. Voy a encender la televisión. Y le voy a dar al ventilador, que hace calor. ¿Seguro? El megavatio/hora está por las nubes. ¿Pero qué es eso de un megavatio…? ¿Por qué está tan criminalmente cara la luz? ¿No nos dicen que usemos coches eléctricos, que eso es lo ecológicamente correcto? ¡Pues que me expliquen… Antes la electricidad no era un lujo… ¡Ahora es la más cara de Europa! Vaya, los precios módicos empiezan a ser un recuerdo. Dicen que es por causa de la ola de calor, del frenazo de las renovables, porque se cerró Vandellós… Lo dicen los expertos. Además, los expertos también dicen que los precios no tienen visos de bajar en mucho tiempo… ¿Quiénes son esos «expertos»? ¿Los senescales de las compañías eléctricas? Y es que hubo una vez un señor de carnosos belfos que mandaba mucho y que allá, por el año 1988, comenzó a privatizar Endesa, nuestra Empresa Nacional de Electricidad, garante del desarrollo y la equidad energética del reino de España. A este señor tan poderoso, que gobernó nuestra piel de toro casi casi la mitad de lo que lo hiciera el Centinela de Occidente, le sucedió otro de tupido bigote que terminó por venderla toda. Al paquete añadió Gas Natural, que hoy llaman Naturgy. Y tanto Isidoro como Pepemari, contándonos la fábula de la deficitaria ineficiencia de nuestras mejores empresas públicas, terminaron por sentarse en los consejos de administración de las energéticas por un porrón de euros. Moraleja: nos vendieron. E hicieron de un producto de primera necesidad como es la energía un suculento objeto de especulación. Porque no hay bien más preciado para los prebostes que gravitan el poder que uno de demanda creciente y constante: llámese energía, sanidad o servicios funerarios…

En fin, que la partitocracia, la oligarquía de partidos, la aristocracia de siglas o como queramos llamarlo si debiera importarnos. Porque ella es responsable de que sigamos pagando un peaje que caducó hace tiempo, que nos veamos condenados a la economía sumergida o a una definitiva pobreza energética. Y esto son solo tres ejemplos del despotismo y latrocinio sistémico de esta nueva Edad Media, de este país de pícaros de altas esferas. Creo que cada uno podría dar varios ejemplos… Ojalá que llegue un día que la sangre nos hierva hasta que nuestro país pueda entrar en una necesaria y justa ebullición. Mientras tanto, sigamos votando, pese a todo, a nuestros aristócratas de siglas, solazándonos con las desventuras de nuestras celebrities favoritas o jaleando a nuestro equipo para que marque gol. ¡A tope con nuestra Nueva Edad Media!

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