
En blanco y negro el antes, en color el después. Yo mismo tomé las dos fotos, yo mismo no pude entender. El mural del corro lo realizó hace una década Blu, un artista boloñés célebre por sus «pinturas rupestres» de ácida crítica social. El de la derecha es obra de Okuda, un santanderino que destaca por sus murales en defensa de la multiculturalidad y la defensa de los derechos LGTBI.
Los dos me gustan. La creación de Blu llevaba diez años en las rutas de arte urbano. Mas la comunidad de vecinos que alojaba su pintura, siempre según la versión de los medios, fue obligada a acometer la reparación del enfoscado y… ¡adiós! Adiós a esa visión tan reveladora del alma humana y pecuniaria, a ese círculo que mueve las ambiciones y el mundo, a esa danza de la muerte del ser y de cualquier trascendencia. No hubo ni ley ni junta ni ayuntamiento que lo protegiese. ¿Por qué preservar un brindis a la inteligencia, un rubor de nuestro tiempo, un escalofrío metafísico? Además, el centro comercial Madrid Río está justamente enfrente y no deja de ser una metáfora del «flujo circular de la renta». Estarán de acuerdo conmigo en que el dichoso muralito no es la mejor invitación para dar rienda suelta a nuestro consumo y pasar una fecunda tarde de tiendas.
La obra de Okuda representa el amor de dos mujeres con distinta actividad de sus melanocitos. Me gusta. Pero no ahí, sobre los restos de otro artista, sobre la ruina de una visión que nos invitaba a «deslobotomizarnos» un poco. Lo que ahora se nos propone desde el lienzo urbano es el respeto a las tendencias sexuales perseguidas hasta hace poco y a la abolición de los prejuicios de la melanina. Y está bien, pero no ahí, ocultando esa sublime comparsa de hombres hurtándose el dinero en perfecta circunferencia.
Porque lo que ha sucedido en aquella fachada es metáfora nítida de lo que está pasando: se hace guerra con la que ya es admitido porque desenmascara poco o nada y sirve no a las víctimas que sufrieron y sufren por su forma de amar o la tonalidad de su epidermis, sino a los fines espurios de los que esgrimen una lucha que enmascara el hecho de que son ellos también arrebatados protagonistas de ese círculo que se ha borrado.
Porque no se habla de lo que se debe hablar. Porque las aristocracias del poder y la economía mantienen saneadísimos sus negocios con las excusas de la democracia, la libertad y la libre competencia. Porque hay partidocracia y oligopolio. Y camarillas y chiringos de todo tipo. Porque se premia la obediencia al amo, el cinismo y la hipocresía como logos, el parasitismo de boato. Porque las «libertades» son las brillantes limosnas del poderoso y sus lebreles para simular su yugo.
Pero de esto no se habla, para qué. Hay que mantenernos en el establo, en el de la derecha o en el de la izquierda, en el aprisco de la ignorancia. La realidad se nos muestra en las pantallas por profesionales del periodismo, que en vez de ser portavoces de las dudas y críticas de la ciudadanía, son voceros de sus amos, de arriba y de bajo, de un lado y de otro. Sintomático que los periodistas pregunten a otros periodistas, que entrevisten a otros periodistas, que puedan ser científicamente tildados como periodistas de diestra o de siniestra. Es el círculo, el círculo que mostraba aquel lienzo sobre el río Manzanares. Descanse en paz la imagen reveladora. Con su desaparición solo nos toca ser un poco más bobos.
