
Fui a Valencia. A recibir un premio. Al Ayuntamiento. Hasta aquí todo magnífico, festivo, agradable. Era un premio para trabajos en castellano. De vez en cuando juego mi lotería de letras y, muy de vez en cuando, soy agraciado. Viajé hasta la ciudad del Turia. Hice noche para despertarme junto al Mediterráneo: es lo que tenemos las gentes de secano, que esa lámina de azules atornasolados siempre nos parecerá un milagro…
Tomamos un taxi para no llegar tarde. Surcamos las grandes y amplias avenidas hasta blandir el casco viejo y llegar a la imponente Plaza del Ayuntamiento. Ahí estaba la portada del Ajuntament, retablo poderoso de columnas, torres y poder urbanícola. Franqueando el escudo de bronce de la ciudad, dos esculturas femeninas de Benlliure. La de mi derecha, me comentan, se prolonga en un libro… ¡Excelente declaración de intenciones!
Presentaciones en la puerta. Sobre nosotros, a modo de palio, una primorosa claraboya acristalada. Ascensión por la soberbia escalera de mármol con un Cristo en altorrelieve que nos da la bienvenida. Todo promete un pequeño éter de reconocimiento y agasajo allá arriba…
Entramos en el Salón de Plenos, hemiciclo brioso de asientos encarnados y columnas doradas y grises, suelo de mármol ribeteado de greca, estrado poderoso de rica madera en el que asoman los tronos de los próceres locales. Nos instalan, a los premiados, en unas venerables sillas en la orquesta del semicírculo, a modo de coro o senadores. A ambos lados de la presidencia dos pinturas art decó, alegorías de España y de Valencia, y el retrato del monarca, chozno de Isabel II, Reina Castiza o de los Tristes Destinos.
Bien: empieza el discurso, la plática triunfal, el homenaje a los laureados. Y es en valenciá. No pasa nada. Creo que me estoy enterando. Sin duda, el entusiasmo por el premio y la solemnidad del espacio potencian mi entendimiento. A los cinco minutos este declina. A los diez hace que vuelva la espalda a mi compañera para ver si se está enterando. No pasa nada: las pinturas de Luis Dubón, autor de la iconografía hispana y valenciana, me sugiere que el acto va a ser en las dos lenguas, me insta a que tenga paciencia, me dice que no tema nada…
Y lo veo lógico. Uno: porque son los dos idiomas oficiales. Dos: porque, aparte de premiar las mejores obras presentadas en literatura valenciana, también premian las castellanas. Tres: porque venimos gentes del resto de España. O del Estado español. O de Celtiberia. O del resto de Carpetovetonia. O de los confines de donde les dé la gana.
Y no. Todo fue en lengua valenciana. Llegó el momento temido en el que no entendía nada. No hubo milagro polígloto, no hubo ciencia infusa levantina. Hablaron de mi cáfila de letras castellanas y me dije: «Por lo menos esto será en mi lengua vernácula. Más que nada, para que el aludido pueda entender algo». Tampoco: ni el alcalde ni la concejala tuvieron piedad para con los foráneos.
Y no aplaudí. Y no por rechazo de los emisores o del mensaje, sino por sentido común: ¿puedes brindar tus palmas a algo que no entiendes? En fin, si uno es estólido voluntarioso u opta por la lobotomía momentánea, es posible. ¿Pero con eso no estamos también faltando a la inteligencia de quien nos habla? Es como escuchar a un finés hablándote en su lengua finesa… ¿le aplaudes? ¿O le dices «no te entiendo, lo siento, buen hijo de Finlandia»? Y eso fue precisamente lo que hice…
Me acerqué al concejal o al segundo del concejal, que, en este mundo de mascarillas y bozales, una ya no sabe. Le informé que no había entendido nada. Que no comprendía como no hablaban también en la lengua de Cervantes, que compartimos, por otro lado, con las gentes de Levante. Y fifty/fifty, a pachas o, por lo menos, la parte del discurso que se refiriera a los autores castellanoparlantes. Pero no: así había sido aprobado en un pleno, todo en valenciano. Aunque la explicación de fondo era otra: realizar todos los actos institucionales en valenciá «para ellos era muy importante…».
Que no entendiéramos algunos de los presentes ni papa no era importante. En fin, creo que es muy útil tener una lengua común en la que entenderse, sea inglés, latín, koiné o esperanto. En este solar de la piel de toro gozamos del español, con el cual no solo pueden hablar sus habitantes, sino también unos cuantos millones allende el Atlántico. Se trata de algo práctico, ni político ni emocional. Pero la razón esgrimida para que nos sintiéramos desplazados de aquel acto, que se hacía también en honor nuestro, era fundamentalmente emocional: «es algo importante para nosotros…».
La política recurre fundamentalmente a las emociones. El grupo político o muta de siglas que encuentra una «emoción» que pueda seducir y movilizar a un electorado tiene un tesoro. En política, como en publicidad, cuando se afirma vehementemente algo es que se está encubriendo otra cosa. Y esto se hace en el sentido griego del pseydesthai, «poner-delante-de», y así hacer pasar una cosa por lo que no es. Se habla de emoción, de reivindicación, de derecho, de lucha cuando lo que hay detrás es un interés puramente espurio: la captación de votos, esas mónadas o unidades mínimas de poder con las que poder acceder a sinecuras y altos emolumentos, y a esa golosina insaciable que es el ordeno y mando.
El político de ahora transforma todo en artículo que pueda ser comprado, es un empresario de las ideas de chicha y nabo y, como quiere vender su producción al máximo número de ciudadanos, siempre será demagogo. Ahí está su manta: venden sentimientos de tercera y cuarta mano, ideas robadas, banderas de contrabando… ¡Así son estos manteros! ¿Solución? Festival de inteligencia, desenmascaramiento de la clase política de estas lindes , control real del poder por los ciudadanos… «Poder», «ciudadanos»… ¡qué antónimos! Porque los partidos son organizaciones piramidales. Porque su único interés es que compremos sus mercaderías, por muy nocivas que sean. Porque «técnicamente» no vivimos en democracia (¡Empiecen a rascar un poco!). Porque la Transición fue un mito vendido por sus bardos y popes. Porque a nadie le importa transformar este país en una Babel donde ninguno realmente nos entendamos. Porque «algo huele podrido, desde hace mucho, en Dinamarca»…