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Ciudadano Gálvez

A LA CAZA DEL INTERINO

Interino, a grosso modo, es aquel empleado que desempaña su labor en las Administraciones Públicas sin ser funcionario, esto es, sin haber realizado el preceptivo concurso oposición. En esta situación se hallan unos 700. 000 trabajadores del erial patrio, es decir, uno de cada cuatro, según fuentes oficiales.

Muchos de estos interinos llevan diez, quince e, incluso, más de veinte años desempeñando sus funciones en estas Administraciones Públicas. Es de suponer que, en ese dilatado período de tiempo, habrán acreditado su competencia para desempeñar el cargo por el que fueron contratados. Vamos, es un suponer…

Ahora deben pasar el calvario de un concurso oposición, que es lo que marca la ley. El primer estadio de esta prueba consiste en una batería de decenas y decenas de preguntas. El temario es extenso, muy extenso, y no solo se limita a preguntas relacionadas con la «teoría» de su desempeño, sino que muchas se refieren a la Constitución y demás reglamentos de las susodichas Administraciones.

La primera reflexión que uno hace, y yo no soy interino, es qué interés tiene, para una puericultora o para un celador, saber, por ejemplo, cuál de las siguientes atribuciones no corresponde a la Presidenta en su condición de  representante ordinario del Estado en la Comunidad Autónoma conforme al art. 8 de la Ley 1/1983, de 13 de diciembre, de Gobierno y Administración en la Comunidad de Madrid. O cómo viene recogida la figura del Defensor del Pueblo en la Constitución. O cuál es el decreto que regula la atención al ciudadano en la Comunidad de Madrid: ¿el Decreto 21/2002, de 24 enero?, ¿tal vez el Decreto 175/2002, de 14 de noviembre?, ¿quizás el Decreto 175/2002, de 24 marzo?, ¿o ninguna de las anteriores? «Un, dos, tres… marcando casilla otra vez…»

¿Acertaron? La segunda reflexión que me hago es la siguiente (y no soy, repito, interino ni funcionario): ¿sabrían contestar a esto los próceres del parlamento o de las administraciones locales? ¿Han contestado a cuestiones semejantes para ocupar su escaño o «silla gestatoria»? ¿Son estas cuestiones relevantes para evaluar a un médico o a una maestra de escuela infantil? ¿No son más bien cuestiones que importan a abogados y expertos en derecho? Que nos conteste, por favor, la presidenta, el Servicio de Atención al Ciudadano o el defensor del pueblo.

Argumentarán que los empleados públicos deben conocer bien las leyes y ordenamientos de «lo público», ¿pero hasta el nivel de la floritura legal, de la barra y la fecha, de la coma en tal artículo? La causa de estas preguntas arcanas es meridianamente clara: abatir el máximo de opositores. «¡Son demasiados!»

Después de años y años de trabajo, después de todo el tiempo entregado al empleador público, los interinos se encuentran en la tesitura de tener que competir por el mismo puesto de trabajo con mentes más frescas y ágiles, recién salidas de sus estudios, la mayoría sin cargas familiares. He aquí la primera impostura.

Segunda impostura o frente de batalla: el Estado y las Administraciones Públicas, que harían trizas entre sus manos a cualquier empresario que cometiera fraude de ley en la contratación de sus empleados, se erigen en el primer defraudador laboral del predio hispánico. ¡Nada más y nada menos que 700.000 empleados en situación fraudulenta! Trabajadores que debiera haber hecho fijos hace eones, empleados que saltan de contrato en contrato para no pagarles las vacaciones… ¡La casuística de los horrores legales es larga y farragosa…! ¡Ningún empleador tan salvaje como el Estado!

Según la nueva Ley sobre Infracciones y Sanciones en el Orden Social, las multas a las empresas por abusar de la temporalidad se pueden elevar hasta 10.000 euros por trabajador. Así lo acordaron Gobierno y sindicatos, muy preocupados estos últimos por la cuestión. El mismo criterio habría que aplicar al Estado, ese Leviatán necesario en palabras de Hobbes, ese monstruo frío entre los fríos para Federico Nietzsche… Vamos, solo por dar ejemplo, digo yo… Pero no… Es más, los responsables públicos hacen y deshacen para no pagar un duro de indemnización a sus interinos. ¡No solo desea echarlos, sino acabar con ellos por inanición!

¿Y por qué ahora estas urgencias si llevan más de dos décadas sin convocar oposiciones? Pues porque ha venido Europa con el látigo, con el corbacho, con el rebenque y si no reducimos la tasa de temporalidad en el sector público no nos van a dar el cónquibus, el loben, la guita, los machacantes… Y, en esto, que vino a pactar Montoro con los sindicatos, e Iceta con los sindicatos, y quien sea con los sindicatos. Porque los sindicatos mayoritarios, que son una terna, pactan lo que no debería ser pactado: la venta de los interinos, su exterminio de la administración pública y de sus derechos… Todo lo demás es retórica de paños calientes que no merece circunloquios. ¿Y por qué? Pues pongámonos teóricos: por la ley de hierro de las oligarquías que desarrolló el sociólogo Robert Mitchell a principios del siglo pasado: toda organización termina siendo una jerarquía cerrada que se entiende más con los jerarcas de las otras organizaciones que con sus bases. En las altas esferas, las aristocracias sindicales y políticas hacen trueque de favores y prebendas. Mas no es necesario conocer al señor Mitchell: hay que obligarse a ser muy miope para no verlo. Los grandes sindicatos terminan siendo sindicatos de Estado. Es simple y nutricia aritmética. ¡Todos maman de él!

El tercer frente de batalla al que se tienen que enfrentar los interinos son los funcionarios, aquellos compañeros de trabajo que sí sacaron su oposición. Sacralizados por el test que superaron por encima de la nota de corte y por la prueba subsiguiente, sienten un profundo recelo de clase hacia los «advenedizos y diletantes interinos»… Recuerda esto al resquemor que sentía la rancia nobleza inglesa hacia los nuevos burgueses ricos que compraban sus viejas haciendas: los llamaban snob (sine nobilitate, sin nobleza). O al desprecio de los obreros especializados frente a los no cualificados en el seno de los primeros sindicatos. O a la desconfianza que el oriundo, con todos sus derechos de terruño y linaje, siente frente al foráneo. Dirán que no es lo mismo, ¿qué van a decir? Que lleven una o dos décadas desempeñando la misma función entregando su tiempo y su labor a la Administración se la trae floja. «¡Que hubiera aprobado!» Pero es que no se convocan oposiciones desde hace tiempo. «¡Y a mí qué me cuentas!». Se quedó a un tris de la nota de corte. «¡Se siente!».

Otra ley humana, demasiado humana es que todos protegemos y blindamos nuestros privilegios, adquiridos o heredaros… ¡Faltaría! No solo eso, también protegemos la sombra de esos privilegios… Así somos… No hay espacio para la empatía, la equidad o la justicia… Y lo digo porque no «escuchan»… Se manipula desde arriba y la opinión pública se presta a hacer de muñeco de ese gran ventrílocuo que es el Estado y los intereses fácticos. La consigna es: «Estos tíos que no se han sacado la oposición quieren un trabajo fijo por el morro». Cuando la realidad es: «Queremos que nos reconozcan nuestros años de trabajo y nos den la consiguiente indemnización». De nuevo la interesada pseydesthai, de la que hablábamos en un «apuntejo» anterior, el «poner-delante-de», y así hacerlo pasar por lo que no es.

A esto contribuye la opinión pública manipulada, como hemos dicho antes, y todas las pantallas que, de una manera u otra, están al servicio del Monstruo Frío. En ningún momento se habla de la justa reclamación de los interinos: el reconocimiento de sus años de trabajo y sus derechos adquiridos en consecuencia. No: deben seguir como chinos trabajando, a efectos de derechos laborales, en el doble fondo de las fábricas del Estado, mientras les mortifican con la cantilena de que «tienen mucha cara».

Tampoco se habla de que, en otras geografías más civilizadas, como la teutona o la sueca, al parecer, parte del personal público se contrata mediante pruebas específicas y, después, según su rendimiento, se decide su contratación definitiva. Teniendo en cuenta que las tierras de jauja nunca existen y tomando en su justa medida esta perspectiva, juzguemos si un interino con diez o veinte años de experiencia y atesoramiento de capital profesional puede realizar mejor su labor que otro que, recién dejada la escuela, apruebe la oposición.

Y, sin embargo, todo pasa por el enfrentamiento entre funcionarios e interinos, entre interinos okupas y opositores que optan legítimamente a su plaza. Y el causante del desaguisado, el empleador público, los señores que se sientan en sus cómodos sillones y escaños y legislan para todos, el Estado, en definitiva, y sus colaboradores necesarios se van de rositas. Nadie habla de él ni de ellos. Nadie les pide cuentas. Divide y vencerás. ¡Y vaya si lo hacen!

Cuarto frente de batalla: los propios interesados, los interinos. ¿Cuántas manifestaciones hemos visto? ¿Cómo no han colapsado el sistema de justicia con denuncias exigiendo un reconocimiento de su situación? Quien no pía no mama: otra ley humana. Muchos confían en la buena voluntad de los políticos: «Quizás, después de todo, nos hagan fijos…». ¿No entienden que los van a sacrificar en la pira de los designios de Europa? Y de forma torticera, claro, porque Europa no les está exigiendo que extermine a su «interinado». Pero ellos, así, consiguen sus carambolas: apaciguar a Europa y desbloquear su guita, anunciar que están creando empleo para los jóvenes y no tan jóvenes, ahorrarse los trienios y demás pagos extras de los vetustos interinos…

Porque es algo también muy humano esperar en la casa templada mientras se acerca inexorable tu enemigo. Afuera hace frío, costaría esfuerzo salvarse, mejor atesoramos esta calma chicha hasta que venga el maremoto que nos preparan… Los politicastros se frotan las manos, los sindicatos llaman a la calma, la justicia zurea al poderoso, los interinos ofrecen sus golletes… Es lo que hay… ¿No es hermoso?

Las injusticias del poder solo se pueden combatir con otro contrapoder constituido. A los abusos del ejecutivo, el judicial, pero si ambos se guiñan los ojos… A los abusos laborales del gobierno, los sindicatos, mas si estos tienden al «gualdo-ambarino»… Europa queda siempre demasiado lejos y, al final, con tan buenos espadas, se la puede torear. La obra de arte del poder queda rematada con la inacción suicida de los interinos, ofreciéndose mansos a su harakiri laboral, y por una opinión pública que les corona con el capirote de la impostura. Porque si no hay conciencia, no hay nada: uno puede dejarse meter el estoque hasta los higadillos… Y sin decir ni mu…

Y reitero, el firmante no es interino, pero conozco a unos cuantos. Y de cerca. Su sensación es que, con cincuenta años, más cerca de jubilarse que de comenzar una nueva vida, con sus mejores años y sus mejores fuerzas entregadas a las Administraciones, se ven sin nada, sin un reconocimiento mínimo, como si fueran una «petite merde». Porque en el sector privado te indemnizan, pero el sector público, que tendría que ser garante y ejemplo de un comportamiento legalmente intachable, resulta tener patente de corso. Obsérvese que ya no se exige a la cosa pública un comportamiento ético, sino conforme a derecho. Las siglas sindicales, entre tanto, en vez de proteger el trabajo de los interinos, afiliados o no afiliados, lo apuestan en el tapete del juego político, conduciéndolos hacia los establos acordados. No son nada ellos en contemporizar. De fondo los titulares que circulan por prensa y telediarios: «El gobierno hará fijos a los interinos que lleven cinco años»… Engañosos y calculados juegos fatuos… Porque la letra pequeña los excluye a casi todos…

Pero es que hay mucho en juego: los talegos de Europa, las indemnizaciones que no quieres pagar, las promesas políticas… En este doloroso sainete han actuado quijotescos abogados que han sufrido hasta persecución: no voy a decir nombres. Ahí están los molinos de la cerrazón y la ignorancia, del cerrar los ojos, de sonreír a quien te está dando la puñalada. La pericia de los de arriba en conducir rebaños no puede dejar de sorprendernos. Hay que rebelarse contra el matarife burócrata y sofisticado: aquel que quiere dejarte sin pan tras media vida de trabajo, que te quiere decir bye bye con la indemnización de la mano detrás y la mano delante… Han especulado con la vida y el pan de cientos de miles de personas, y ahora quieren darles una patada en el tafanario. Denuncien, manifiéstense, hagan huelga (que la Administración y la terna sindical intentarán boicoteársela «sutilmente») señalen a los responsables, dejen en evidencia su indignidad y su picaresca… Que, al menos, no les sorprendan con cara de tonto cuando les dejan en la calle…

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Sonsoles
Sonsoles
4 years ago

Maravillosa reflexión Alberto. Mas razón que un santo. Somos la petite merde a todas luces y así nos va porque no hacemos más que consentirlo.