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Ciudadano Gálvez

DE «NEGACIONISTAS» Y OTRAS PLAGAS



Los «negacionistas» son «malos». Amén de ignorantes, extremistas y descerebrados. Unos filibusteros de todo lo bueno que nos proporciona la ciencia y el Estado. De sobra está demostrado lo beneficiosas que son las vacunas: los antiguos caballos desbocados de la viruela, el tétanos o la poliomielitis han sido erradicados o domesticados. Nuestras vidas se alargan, nuestros críos crecen tranquilos, la ciencia camina hacia el sueño de tener una vacuna para todo… ¡Los enemigos microscópicos serían al fin derrotados! Y los «macroscópicos», que en su cerrazón espesa claman contra las vacunas y contra todo… Y sin embargo…

Sin embargo, unos son virus de los otros. Los «negacionistas» son virus de la mayoría provacuna y vacunada. La «mayoría», razonable y racional, es bacilo mental y sumiso de la maquinaria estatal para los negadores del mitridato vírico. Ambos, como zegríes y abencerrajes, como güelfos y gibelinos, como iconoclastas e iconódulos, quieren erradicarse. Y sin embargo…

Sin embargo, no difieren los unos tanto de los otros. Los unos, la «mayoría», piensa como debe pensarse y se indigna con lo que debe ser indignante… Los otros, los «anti-virales» y negadores de la aguja salvífica, se apartan del «montón» en la manera que uno debe apartarse… Todos se vuelven inquisidores de todos… Los defensores del suero preventivo tachan a los otros de «ombliguistas». Y con razón. Los ombliguistas, con el «no» dibujado en la boca y el fuego perfilado en el corazón, acusan a los otros de «borregos». Y con razón. Y sin embargo…

Sin embargo, la cuestión sigue estando encubierta. Y lo sigue estando porque es «sabida» por todos. Por unos, a su modo. Por los otros, a su otro modo. No se va al fondo del problema, no se entienden de matices y relatividades. Se tiende a lo fácil y a tomarse todo a la ligera, aunque sea de una ligereza grave. Y todo esto no lo discurro yo, sino que lo señaló muy bien el filósofo Martín Heidegger, que gustaba muy mucho de combatir sombras y obviedades.

La mayoría defiende la bondad de las vacunas, que es impepinable, pero no cae (y se cuidan muy mucho de que caiga) en la manipulación grotesca e indignante de la que es objeto por parte de los poderes públicos. Se estabula al pueblo, se pastorea hábilmente su criterio hasta que diga esto que «digo y pienso me se ha ocurrido a mí mesmo». No quiero extenderme en esto, que cada cual rasque lo suyo… (me aplico el mandamiento).

Los otros, los tildados de «terraplanistas», proclaman su libertad y los derechos de su «yo íntimo» tan bien retratado por Gilles Lipovetsky. Narciso no acepta órdenes, Narciso lo sabe todo, Narciso canta y grita a coro con los otros Narcisos… Un planeta bajo el signo de Narciso no tiene más destino que el hundirse en los estanques más absurdos y ridículos… Y sin embargo…

Y, sin embargo, algo late bajo las masas furiosas que claman contra las agujas y el Estado inyectante. Un latido que opera, pero que la gran mayoría de la minoría ni sospecha y que por eso se vuelve irracional y payasesco. ¿El aliento de las aristocracias? ¿Las muecas de un régimen que se traviste de democracia siendo una satrapía de indignantes sinecuras y espurios intereses? Lo que no es y pretende ser termina por corromperse. Y por mostrar su impostura. Porque el ser es sustrato de lo que hay encima. Porque las flores de plástico no pueden crecer. Y eso es de lo que disfrutamos: de un vergel de flores de plástico. Nuestra democracia es simulada: nadie nunca la quiso. Acabada la Segunda Guerra Mundial, los yanquis impusieron a la Europa de acá del muro una «democracia» muy distinta a la suya: se trataba de controlar al pueblo y a las masas, de simular el juego de libertades a través de los partidos políticos, una aristocracia de color variado que controlase la amenaza del comunismo y defendiese los poderes del mercado. En nuestro parterre, más ínsula que península, se reprodujo el modelo a la muerte Franco. Se canonizó a la Transición, al último jefe de la Falange y al chozno de Fernando VII: nuevos artículos de fe como antes lo habían sido la gracia divina del Caudillo y la unidad de destino de nuestra patria en lo universal. Y este es el tufo subyacente: pese a la jactancia democrática del Viejo Continente, nunca hemos vivido verdaderamente en democracia. Siempre se ha preferido Rousseau a Montesquieu, porque el segundo es más trabajoso y complejo, y tendemos, como bien dice Heidegger, a lo «fácil» y a lo «ligero». Un banquillo azul «ejecutivo» en medio de las bancadas «legislativas» es ya una impostura contra la democracia. Y partiendo de este apunte cromático podríamos seguir diseccionando nuestro régimen cortijero y aristocrático. ¿Se grita contra las vacunas o contra la aristocracia mediocre, despótica y burocrática sin saberlo? Sea lo que sea, hay que ir agudizando los sentidos…

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