

Sí, iba a escribir sobre otra cosa. Quizás una crítica de teatro o un sucinto análisis sobre las pandillas callejeras. Como muchos, no creía que el sátrapa ruso, el Vladimiro de todas las Rusias, iba a poner su zarpa en Ucrania. Era un farol para ganar un nuevo pulso. Uno asistía chistoso a la estampa de aquellas mesas kilométricas. Yo solo podía pensar en aquel anuncio del Pronto (imagen de la mujer jocosa, para los más jóvenes). Quizás solo ocupase la región aquella del Donbass (recién la descubro en el atlas), y aquí paz y después gloria. Como si aquello no fuera grave. El telediario se interrumpe con un nuevo anuncio de coches y el adelanto de un conocido programa del corazón. Uno quiere creer lo más suave, lo más lúdico, lo más beneficioso. La lobotomía es lo mejor. Ahora están cercando Kiev.
Hace 84 años Adolfo Hitler, tras zamparse Austria, se comía los Sudetes, esa región limítrofe entre Chequia y Alemania, con la bendición de las potencias europeas de entonces. Pretexto: los checos estaban masacrando a los alemanes de los Sudetes. ¿Nos suena? Poco después se merendaba el resto del país.
Después de todo lo consumido en radios, prensa y televisiones he echado de menos algunos datos y reflexiones. Primera omisión flagrante: Memorándum de Budapest, de 1994. Este acuerdo firmado por los Estados Unidos (Bill Clinton), Reino Unido (John Major) y la Federación Rusa (Boris Yeltsin), y al que se unirían posteriormente Francia y China aseguraba la integridad territorial e independencia política de Ucrania a cambio de la devolución de armas estratégicas a Rusia y el desmantelamiento de su arsenal nuclear. Este tratado choca con la retórica no intervencionista de la diplomacia internacional desmarcándose de facto de la suerte de una nación vilmente invadida. Nadie habla de esto. Ni siquiera un poquito. Mí no entender.

Segunda reflexión que echo en falta: Putin gusta a todos, a derecha e izquierda, a arriba y abajo. Vladimiro es el matón del patio, el profeta de bar, el cuñado bronco de la reunión familiar. Sí, ese que dice: «mano dura», «se necesita otra guerra civil», «hay que matarlos a todos». Solo que ese señor tiene millones de toneladas en oro y reservas ingentes de gas y materias primas estratégicas, amén de su amenazante panoplia atómica. Y sí, concita simpatías: ante las crisis que se suceden y la complejidad de nuestros tiempos, se agradece alguien que lo tenga todo tan claro. Patria grande, orgullo patrio, Rusia lo primero, tradición rusa, autoridad. Y esto gusta mucho a los de un lado. Pero también a los del otro. Porque Vladimir es nieto de uno de los cocineros de Stalin. Y admira enormemente al «Hombre de acero», al «Padrecito de los pueblos», al «Zar Rojo». Y esta es la maravilla, Vladimir Putin reúne a los de una y otra orilla en el mismo entusiasmo: le besan las manos tanto el extemporáneo militante comunista como el fragoso presidente Trump. Porque Vladimiro es soviético y fascista. Porque tiene zarpas de oso y alas de águila imperial. Con lo que llegamos a una luminosa conclusión: la opresión totalizadora y el asesinato de cualquier libertad puede usar de dos máscaras. Detrás solo existe el mismo animal enfermo.
Tercera reflexión: «OTAN no, bases fuera», «OTAN culpable, OTAN criminal», se escucha en nuestra Puerta del Sol. También se dice «Stop Putin», pero los carteles son más pequeñitos y el lema no llega a tararearse. El lema oficial de la convocatoria es «No a la guerra, no a la OTAN». Quien hubiera estado alejado del mundanal ruido esto días y contemplara la escena pensaría que la OTAN ha invadido Ucrania. Los convocantes son los sectores ligados al Partido Comunista del suelo patrio que monopolizaron de esta manera lo que tenía que ser un acto en apoyo del pueblo ucraniano y en contra de Vladimiro, el invasor ruso-imperialista. Los manifestantes exigen la disolución de la OTAN, único contrapeso de facto de la maquinaria de guerra rusa (que se lo digan a Polonia o a las repúblicas bálticas). Además, se oponen a cualquier sanción que pueda aplicarse al agresor. De esto solo se pueden deducir dos cosas: el excelente grado de organización de estas asociaciones, que logró hacerse con la manifestación, y su maravillosa conexión con las torres del Kremlin. De primero, diluyen al invasor. De segundo, desvían la atención atacando al único oponente posible del invasor. De postre, defienden que no haya ninguna sanción contra el invasor. El general De Gaulle, enemigo declarado de los americanos, dijo en una ocasión que «el Partido Comunista no mira a la izquierda, sino al Este». Sobrecoge ver que aquel viejo adagio siga siendo cierto. Lo de la «aldea global» iba muy en serio.
Cuarta: la lógica de Vladimiro. Si nos atenemos a la historia, el lenguaje para los autócratas es solo un medio para ganar tiempo y alcanzar sus fines. Hace poco Vladimiro nos decía que nos estábamos poniendo muy nerviosos, que él hablaría de paz hasta que no le dejasen, que esto y que lo otro. Tomaduras de pelo del matón del Este. Las preguntas que se imponen ahora son las siguientes: ¿tras la conquista de los Sudetes irá a por toda Checoslovaquia? O dicho más actualmente: ¿después de merendarse Ucrania irá a por Polonia? ¿Quizás le baste con Moldavia? ¿Conectará por fin Kaliningrado con San Petersburgo?
Para saber más de la psicología del nieto del cocinero de Stalin quizás debiéramos analizar la psicología del mentor de la gran Rusia roja. Al parecer, el ministro de asuntos exteriores francés, el controvertido Pierre Laval, le informaba en animada conversación sobre las divisiones de las que disponía el ejército francés. Acto seguido, le sugirió a Stalin que tratase un poquito mejor a los católicos rusos para llevarse un poquito mejor con el Santo Padre. A lo que Padrecito, al parecer, replicó: «¡Oh, sí, el Papa! ¿Cuántas divisiones tiene el Papa?». Está claro lo que da miedo a cualquier sátrapa: un ejército mayor que el suyo.
Nuestra tendencia a simplificar las cosas y quedarnos con esta o con aquella habladuría es algo innato a nuestra especie. Y esto no lo proclamo yo, sino, con léxico más preciso, Martin Heidegger, una de las cabezas más autorizadas del siglo XX. Y es lógico: cuanto antes creamos entender una cosa, más rápido podemos pasar a la siguiente, con el consiguiente ahorro en tiempo y en kilojulios. En buena lid, el problema ucraniano es complejo: corrupción política, oligarcas provinciales que imponen sus gobernantes, capitalismo mafioso, miedo a ingresar en la UE por la poca competitividad de su tejido económico e industrial, fobia y añoranza de Rusia, amenazas secesionistas ante cualquier acercamiento al bloque occidental, dependencia total del gas ruso, chantaje del Kremlin, que siempre ha exigido que Ucrania permanezca exclusivamente en su esfera. A esto debemos unir la impotencia de Rusia, que no quiere representar un mero papel de potencia regional lo que le ha llevado a intervenir aquí y allá con el auspicio de China e Irán. Sus armas son su fuerza militar, sus recursos energéticos y las nuevas guerras cibernéticas y tecnológicas. Pero no puede compararse con China o Estados Unidos y menos aún con la OTAN.
¿Quiere el exagente del KGB lanzar un órdago sangriento a Occidente? ¿Confía en que la modorra y desunión de Europa y los EE. UU le regale un nuevo orden en el Viejo Continente? ¿Está huyendo hacia delante? Tras el Chamberlain de los Acuerdos de Múnich vino un Churchill imperioso. ¿Pero puede la adocenada Europa dar líderes como aquellos? Sin duda, la vergonzosa retirada de los Estados Unidos de Afganistán y la tibieza comunitaria para con todo ha dado alas al Bonaparte del Este. Es sangrante asistir hoy a escenas de la Segunda Guerra Mundial, cuando los generales von Bock o Guderian cerraban su cerco sobre la capital de Ucrania. Quizás Occidente, el siempre criticable Occidente, reaccione al verse salpicado de tanta sangre. Yo solo rezo porque no llegue el día en que cambiemos de canal hastiados de ver la enésima entrega de la carnicería de Odessa, de Járkov o de Kiev.