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Ciudadano Gálvez

U.C.I. o ¡CARAJO, QUE VIVA ARISTÓTELES!

No hace tampoco demasiado, los esclavos de la Antigüedad dieron paso a los siervos de la Edad Media. Sí, ya no estaban sometidos a la manutención y al palo del amo, ya no eran perseguidos si escapaban para terminar sus días en una cruz o en un ergástulo. El cristianismo les trajo la libertad: todos somos hijos de Dios… Y esclavos del Altísimo…

Pero las cosas nunca son cómo parecen. Por lo menos, no como nos las cuentan. La primera idea es que, con el paso de las épocas, se va prosperando. Y esto hay que matizarlo, no porque en parte no sea verdad (hemos liberado horas de trabajo y gozamos de más kilojulios por habitante), sino porque creemos que hemos llegado a un punto del que estamos, en realidad, muy distantes.

La esclavitud no desaparece por la buena voluntad de los hombres o por la conversión de Constantino, gracias a la mediación de su mami, al cristianismo. Hay más variables. Mantener esclavos se hizo caro, ciertos adelantos técnicos en el campo posibilitaron la liberación de mano de obra, la propia Roma a través de la «clientela» apostó por una progresiva protección de libertos y bárbaros a cargo de los ciudadanos principales. Sin embargo, la primitiva Iglesia y el natural progreso de las sociedades se apuntaron el tanto en exclusiva.

Los romanos, en el ocaso de su Imperio, sostuvieron que la esclavitud no emanaba del «derecho natural» sino del «derecho de las gentes». En esto se atrevieron a contradecir al Filósofo, al Estagirita, al peripatético Aristóteles. Para el sabio preceptor de Alejandro existía la «esclavitud natural», en cuanto la falta de razón de unos les ataba a otros que sí la tenían. La esclavitud era tan útil como justa. Pero que hable el autor de la Política:

               «Porque es esclavo por naturaleza el que puede entregarse a otro; y lo que precisamente le obliga a hacerse de otro, es el no poder llegar a comprender la razón, sino cuando otro se la muestra, pero sin poseerla en sí mismo».

Es decir, el que no sabe será esclavo del que sepa. Esto es, el lego del técnico, el prestatario del banquero, el reo del legislador… Y añade:

               «Por lo demás, la utilidad de los animales domesticados y la de los esclavos son poco más o menos del mismo género…».

Lo sospechábamos, pero, dicho así de crudo, lejos de ofender, clarifica. No nos resistimos a transcribir la última traca del capítulo sobre los esclavos:

               «Todos estos aprendizajes constituyen la ciencia de los esclavos. Saber emplear a los esclavos constituye la ciencia del señor, que lo es, no tanto porque posee esclavos, cuanto porque se sirve de ellos. Esta ciencia en verdad no es muy extensa ni tampoco muy elevada; consiste tan sólo en saber mandar lo que los esclavos deben saber hacer. Y así, tan pronto como puede el señor ahorrarse este trabajo, cede su puesto a un mayordomo para consagrarse él a la vida política o a la filosofía».               

¿Nos suena? Seguro que, por lo menos, eso de dedicarse a la vida política tras una vida consagrada a la «ciencia de los esclavos» algo nos sugiere…

Santo Tomás de Aquino, fiel adaptador de su admirado Estagirita a los credos cristianos, no le desdijo en esto de los esclavos. Vale, por naturaleza un hombre no puede pertenecer a otro, pero por utilidad o conveniencia el ignorante puede someterse al más sabio. ¡Cojonudo, estamos en las mismas más de mil quinientos años después!

¿Pero a quién se sometería el siervo de la manida Edad Media? La esclavitud entra en crisis. Muchas élites, para garantizarse la lealtad y el respaldo militar de la plebe, establecen lazos como el feudo o la «commendatio». A cambio, el señor se compromete a proporcionarle alimento. Como no tiene o tiene poco o lo mucho o poco que tiene lo precisa todito para él, le entrega tierras para que se alimente. Y se las entrega a cambio de un tributo y una serie de tasas. ¿Interesante, verdad? El siervo no está ligado al señor, está ligado a la tierra, tierra que es del señor. Y, si las tierras cambian de señor, el siervo, como está ligado a la tierra, se va con el nuevo señor. Está ligado a la tierra. De por vida…

Ahora quiero que hagamos el salto a nuestra, llamada por algunos, postmodernidad. Quiero mostrar el agujero de gusano que hay entre aquellos tiempos de astur-leoneses y merovingios y el nuestro. Sustituyamos en las últimas frases del párrafo anterior la palabra «siervo» por la palabra «currito», «señor» por la palabra «banco»  y la palabra «tierra» por «hipoteca». ¿Ya? Ayudo:

               «El currito no está ligado al banco, está ligado a la hipoteca, hipoteca que es del banco. Y si las hipotecas cambian de banco, el currito, como está ligado a la hipoteca, se va con el nuevo banco. Está ligado a la hipoteca. De por vida…».

La cosa no cambia tanto. Ya lo dijimos: la Edad Media sigue, solo se ha vuelto más compleja y civilizadamente salvaje. Hoy ya no se hacen pillajes, se aplican cláusulas abusivas o intereses sobre intereses (anatocismo, que suena a «tomismo»). No se asesinan personas, se asesinan economías y se acaba con la salud metal de millones de familias.

Pero centrémonos en nuestra traducción. Las familias se ligan a los bancos mediante la inversión vital de sus vidas: sus casas. Es el techo que les cobija, que ve crecer a sus hijos, el lecho donde yacen. Este espacio tan necesario desde que el hombre dejó de recolectar bayas y dormir al raso pertenece al banco y mediante un feudo reflejado en una cédula timbrada por refrendo de un notario es concedido en usufructo a una familia a cambio de un tributo y una serie de tasas. Si el banco es absorbido por otro banco, el siervo, digo el currito, pasará a ser deudor del nuevo señor, esto, del nuevo banco. En cambio, si el banco titulariza su hipoteca, esto es, la vende a un fondo de titulización de activos, convirtiéndola junto a millares de otras hipotecas en una suerte de «bonos exóticos» que vende en los mercados secundarios o aparca en sociedades vehiculares o en vehículos de inversión estructurada (respiro…), no pasa nada. Seguirá perteneciendo al mismo señor, digo al mismo banco, aunque su hipoteca pertenezca a un fondo de inversión con sede en Estocolmo. Esto faculta al señor feudal, digo al banco, a vender nuevas tierras, digo hipotecas, ya que se habrá librado de las anteriores obteniendo pingües beneficios. Esto se llama apalancamiento (dar y dar tierras sin tenerlas) y fue el causante del crack del 2008 o burbuja del ladrillo, que condenó de por vida a las incautas familias que, siguiendo el adagio aquel, auspiciado por bancos y autorizados cabestros, de que «la vivienda nunca bajaba de precio», adquirieron un techo en aquellos años. Las cajas se fundieron con los bancos, el sistema financiero fue rescatado, pero aquellas familias nunca fueron rescatadas. Ellas son las que siguen financiando el desmán de aquella época. Total, ya se sabe que «la utilidad de los animales domesticados y la de los esclavos son poco más o menos del mismo género…». ¡Que paguen ellos! Y amén.

¿Diferencias con aquellos siervos de la gleba medievales? La tierra se ha vuelto ladrillo (no en vano están hechos de arcilla) y el tributo al señor cláusulas abusivas e hipotecas impagables. Los señores feudales de entonces ocultan hoy sus enojosos rostros tras consejos de administración y entramados corporativos prácticamente invisibles a la opinión pública. En fin, ya advertí que la cosa se había complicado un poco desde tiempos de Carlomagno…

Y bien, vamos a la cuestión. El siervo estaba ligado a la tierra de por vida. Una tierra que nunca iba a ser suya. Entonces, ¿el siervo de hoy, el currito, las familias de currito y currita, logran en algún momento que la tierra sea suya? Bueno, en principio diremos que sí. Si sobrevives treinta o cuarenta años pagando puntualmente, puedes disfrutarla los últimos años de tu vida y dejarla a tus hijos, siempre que no estés domiciliado en una taifa con tributación confiscatoria, claro…

Esto en el mejor de los casos. Sí, en el mejor, porque junto a los bancos o, más bien, por debajo de ellos, en sus cloacas y albañales, proliferan otros establecimientos de crédito un tanto particulares. Allá, en su mefítica oscuridad, fuera de los focos mediáticos y publicitarios, extienden sus tentáculos al cuello de las familias que logran apresar. Y, de verdad, cualquier metáfora es poca. El fin de estas financieras es que nunca dejes de pagar. Y, si lo haces, quedarse con tu tierra, esto, tu casa y que tampoco dejes de pagar. Les digo nombres: Unión de Créditos Inmobiliarios. No soy cliente, gracias a Dios y a Santo Tomás, pero conozco muchas familias que acabaron en su pozo. La Unión de Créditos Inmobiliarios, que la mayoría de los que leáis estas líneas ni os sonará, es una suerte de engendro financiero nacido de la cabeza de Emilio Botín, como Artemisa nacería de la testa de su padre Júpiter. Y decimos que nació de la cabeza porque es una estafa de lo más impune e intrincada. Primero cazan a sus víctimas a través del cepo de las inmobiliarias: «Que sí, que ya verás que bien», «¿Que no te dan hipoteca en tu banco? Yo conozco una gente…», «No hay problema con una hipoteca puente, Tranquilo…». Ya está: abducido. Te hacen firmar en una oficina del Banco Santander, que siempre da respetabilidad a la cosa. Notarios hacen la vista gorda, tripona y obesa. Registradores tres cuartas de lo mismo. Firmas una cédula en la que dices que estás enteradito de todo con fecha de hace varios días. Pagas unas comisiones que no sabes a qué vienen (ya te lo digo yo, la comisión que le dan al de la inmobiliaria por arrojarte a este ergástulo financiero). Y, bueno, ahí viene la primera letra. La cuota la puedes pagar. Qué bien. Pero nadie te informa que esa no es la cuota total. Que si debes pagar tres pagas dos y el uno restante va para aumentar lo que debes y además te genera intereses. Por eso, a los pocos años de satisfacer y satisfacer sus cuotas, descubrirás que tu deuda ha aumentado. Que te concedieron una hipoteca que sabían no ibas a poder pagar. Es más, que está diseñada para que no puedas pagarla. Un tocomocho del todo «legal».

Ahora vete a denunciar. La primera instancia te dirá que no. Es demasiado ardua la maraña legal de sus contratos. Si te dice que sí (siempre hay togados valientes), la segunda te dirá que no. Y, si esta te dice que sí y piensas que a la tercera instancia va la vencida, vas tu bueno. Es hora de recordar a Aristóteles:

               «Y así, tan pronto como puede el señor ahorrarse este trabajo, cede su puesto a un mayordomo para consagrarse él a la vida política o a la filosofía».

Esto es, el señor del banco se dedicará a la política (la filosofía le da repelús y la ética colapso) o traerá la política hasta su banco. Son las famosas «puertas giratorias». Si existe una «doctrina Botín» (la condonación de una millonaria deuda con Hacienda porque sí, porque yo lo valgo), es por algo. El banco atusa al politicastro, el politicastro al periodista y al juzgado. Y vuelta. ¿Y alguien hablará todavía de democracia? Al final, por muchas vueltas que le des, solo existe este corro de la patata…

La estafa de UCI (Unión de Créditos Inmobiliarios) que ha afectado a más de 200.000 familias quedará impune. Nadie hablará de ella. ¡Que se lo digan, por ejemplo, a los Jordi Évole del mundo! Porque está el Banco Santander y la BNP Paribas detrás. Porque es un gran negocio. Como tantos otros. Porque somos animales domesticados. Porque «no podemos llegar a comprender la razón, sino cuando otro nos la muestra». La «razón», ya se sabe, la literatura imposible de las hipotecas, las leyes intrincadas escoradas siempre hacia los amos, la voluntaria inopia de los medios de comunicación. Por eso les servimos, porque no llegamos a ella. Porque esas «razones» están hechas para que no las entandamos nunca. Para que permanezcamos esclavos de sus hipotecas, sus leyes y sus pantallas cómplices y mudas. Espartacos es lo que necesitamos. Si no, a seguir dormidos con los mil opios que nos brindan, para que estólidos y festivos exclamemos: «¡Carajo, que viva Aristóteles!».

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