Para acabar con un problema el primer paso es darse cuenta del mismo. Eso, por lo menos, es lo que apunta la lógica. Sin embargo, darse cuenta y resignarse, hacerse el harakiri cardial y mental, es lo que solemos hacer. ¿Pero esto, de verdad, es darse cuenta de algo? Si el descubrimiento del abuso no cambia ni un ápice nuestra forma de obrar, ingresaremos con honores en la comunidad de los organismos que opositan a desaparecer.
Categoría: Ciudadano Gálvez
Asómate. Eres joven. O «neo-joven». El mundo es lúdico y molón. El Paraíso existe, solo hay que darle a un botón: mundos en los que poder ser superhéroe, disfrutar de deportes y música molona, de una cantera inagotable de amigos con los que poder chismorrear y reírte, de ligue sin límites… Bienvenidos a la Atlántida de los youtubers, de los tiktokers, de los streamers, de los influencers… Ellos son los nuevos dioses. Porque la pantalla es una peana: todo quien logre izarse sobre ella se deifica. La pantalla transustancia, nos vuelve importantes, de una naturaleza superior a la humana. Baste aparecer en una gran cadena o tener un número suficiente de followers. Sucede que ahora, los jóvenes, eligen sus propios dioses. A la basura impuesta imponen su propia basura. Y cualquiera puede aspirar a ser basura transmutada, esto, «celebridad». Un gracejo en el hablar, una lucidez especial para las cosas del píxel y mucho, mucho trabajo (porque trabajo es también darle horas y horas a la consola) nos pueden convertir en célebres youtubers, en potentes streamers, en grandes «creadores de contenido». Es el mundo de los eufemismos de relumbrón. Se habla de influencers, no de niñatas que menean sinuosas sus esfericidades físicas y mentales o de cabestros que se tocan y retocan sus ovoides ya negros mientras su vida transcurre épica de pantalla en pantalla de videojuego. ¿De qué hablan? ¿Sobre qué discurren? ¿Qué «contenido» crean? ¿El conjunto vacío en sus mil e infinitas formas y variaciones?
Llevo oyendo Radio Clásica más de cuarenta años. Crecí con sus voces serias y llenas de hondura, con sus programas exclusivos, con la música que solo podías oír aquí… Descubrí a Prokofiev y Shostakovich, a Carl Nielsen y a Mahler, pero también arribé al continente del jazz y del flamenco. Los José Luis Pérez de Arteaga, los José María Velázquez-Gaztelu y los «Cifu» (Juan Claudio Cifuentes) formaron mi gusto musical. ¡Qué sabiduría detrás de un micrófono! ¡Qué sensación de asistir a un rito al encender el dial! Mi favorito era Arteaga y su Mundo de la fonografía… Aquello, simplemente, era un viaje. Pero todos eran muy grandes. Tenías la sensación de asistir a un gran proyecto de difusión musical, lleno de solidez y profesionalidad. Y, así, la nota característica a todas aquellas voces era la de servir a ese gran proyecto… Todos eran servidores de la música…
SIRIA: LA GUERRA POR EL DISCURSO
He querido aproximarme al laberinto sirio más allá de prensa y telediarios. Diez años de guerra ya lo merecen. Si no me llegan algo de los baladros y la sanguaza de esa carnicería que ya va camino de la década, malo. ¿Qué pasa en Siria? ¿Qué sucede en ese rincón del Creciente fértil? Por allá se originó la revolución neolítica. Por allá Saulo se cayó del caballo. Hititas, egipcios, asirios, persas, griegos, romanos, bizantinos, cruzados, selyúcidas, omeyas, mamelucos, turcos, franceses, británicos… Es una encrucijada de pueblos y civilizaciones. Después de su independencia, una de sus minorías, los alauitas, auspiciados por los franceses y aupados en el ejército y en la doctrina socialista panárabe se hace con el control del antiguo «Mandato francés de Siria». Un militar, Háfez, y su clan alauita se hicieron con las riendas del país. Se instituyó una policía secreta, la mukhabarat, heredera de los servicios secretos franceses, la Stasi de la RDA y la peor Inquisición. El país se convirtió en un cortijo del clan Assad, que controlaba con mano férrea la vida de los sirios. La economía del país pasaba por manos de la familia, que dominaban sus sectores estratégicos, concedían licencias y favores a sus acólitos, dominaban el tráfico de armas, de drogas o de lo que hiciera falta. Soborno, corrupción y miedo eran las monedas de cambio de la ominosa república árabe.
MARZO “ARRIMADO”, ABRIL “AGUADO”
Dime, arrimada aguada,
dime, aguado arrimado,
¿por qué quïeres el rojo
y no vuestro anaranjado?
Contesta, Inés Inesita,
¿quién collons te ha «sancheado»?
¿Por qué tú eres adalid
de intrigas y «tamayazos»?
¿Es que te dieron un puesto?
¿Es que te sedujo «el guapo»?
¿Tu astenia de primavera
o antojo postembarazo?
De amazona catalana
a intrigante de palacio.
Mires a diestra o siniestra
todo es el mismo teatro.
Y España con epidemia.
¡Cinco millones en paro!
Está claro a estas alturas
de qué estamos infectados…