
Bueno, aquí estamos: 5 de junio de 2022. No hace tampoco demasiado que un señor de apellido japonés y pasaporte norteamericano decía que la historia de había terminado: cayó el muro de Berlín y la democracia occidental y el benigno capitalismo global ocuparían nuestras horas y nuestros días. Y, bueno, a la vista de los acontecimientos parece que la capacidad profética del tal Fukuyama no era su fuerte. La historia sigue. Y se repite. Y, si no hay una oposición activa de la sociedad o lo que quede de ella, regresaremos de cabeza a la época de los ergástulos romanos.
La historia se repite o, más que repetirse, se remasteriza. Un señor del Este, antiguo agente soviético, sueña con revivir los días de gloria del Imperio del Padrecito de los Pueblos. Y se quiere zampar Ucrania. Y organiza traslados masivos de población como hacía ya el Zar Rojo para rendir y desarmar a tártaros, polacos, noruegos, coreanos, fineses, griegos, chechenos entre mucho otros. Ni que decir que casi la mitad de los deportados morían en el camino. Y en esto que dirá que le humillan, que le amenazan, que se meten con él… En fin, la retórica maquiavélica del gánster y del psicópata. Lo malo es que todavía tenga mercado…
Por otro lado, hace ya tiempo que renació el Imperio de los Ming, y si este fue el más poderoso de la tierra sin saberlo, ahora, gracias a la globalización, lo sabe perfectamente. El emperador se ha trocado en secretario general del Comité Central del Partido Comunista de China y los mandarines son la burocracia del mismo. Y como China es una gran nación inventora (aquí nació como sabemos el papel o la pólvora) ha creado una suerte de frankenstein entre capitalismo salvaje y comunismo omnipotente que ansía dominar el mundo. ¡Qué patético se ve ahora a Fu Manchú!
¿Y qué decir de la Vieja Europa? ¿A qué recuerda? ¿No sugiere aquel brillante y decadente Imperio Austrohúngaro que dio cobijo a austriacos, húngaros, croatas, polacos, italianos, serbios, checos, croatas, rutenos o ucranianos… y hasta judíos? Todos se sentían súbditos del emperador y sentían el vals del sueño de un gran invento estatal. ¿Qué lo mato? Los nacionalismos, por supuesto. Porque, en muchos casos, el nacionalismo no es más que una suerte de estatalismo provinciano que se traviste de folclore y pasadas glorias en pro de las plutocracias locales que también aspiran a mandar. ¿Qué gano el pueblo con su desmembración? Debilidad, inestabilidad, conflictos… En el caso de algunas identidades, como los judíos, se convirtieron en apátridas. La Europa de hoy no dista mucho de aquel sueño.
Pero vamos al libre mercado, a la economía occidental, que tanto predican, entre otros, norteamericanos y anglófilos, tan ombliguistas y tan suyos. ¿Qué se defiende con el modelo actual? ¿Las premisas del libre mercado que nació de la mano de Adam Smith y la economía clásica? Su sueño económico era la existencia de un gran número de empresas que no pudieran influir en el precio, lo que se traducía en el máximo bienestar de todos los agentes económicos. Hoy vivimos bajo un régimen de ocultas satrapías que dominan las materias primas y los mercados de capitales. Y sí, dictan los precios y especulan con ellos. Y, como están conectados con las jerarquías políticas, mediáticas y judiciales, y ven que los de abajo aceptan todos sus marasmos y limitan sus quejas a un coro de resignados y a memes la mar de ingeniosos, siguen avanzando. ¡Y a qué ritmo! La pela es la pela y es mejor que la tengan ellos a que la tengamos nosotros. Una subida de precios del petróleo, de los alimentos, de la hipoteca es un trozo de tarta más para ellos. Y el pueblo, ya se sabe, debe ser anoréxico.
Para que todo esto funcione es fundamental que sepamos poco y nada. Se hipnotiza y estupidiza con consignas político-sociales a modo de mantras. Son los baladros del pastor para mantener a la grey compactada. Y enfrentada.
Nuestro acceso a la realidad se realiza a través de pantallas: hay que controlar todas estas. La caja estólida nos ofrece ventanas con líneas informativas claramente marcadas. La información se vuelve propaganda, proselitismo, emasculación de cualquier sentido crítico y equidistante. La «verdad» no importa. El periodismo sirve a la mano que le alimenta. El contenido informativo dependerá de si la mano nutricia es la diestra o la siniestra. Esto explica la omnipresencia de periodistas tras la pantalla: los expertos, académicos, pensadores independientes han sido defenestrados. Triunfa el vocero, el comisario político, la azafata y el azafato que hacen de pregoneros. El NO-DO se ha multiplicado.
Junto a la lobotomía informativa, la «gran evasión». Los mayores tienen sus programas de detrito y chismorreo. ¿Por qué se conceden licencias estatales a tales enemigos de la inteligencia? ¡Mil veces ingenuo! Ellos son purísimo cloroformo social. ¿Habría habido Revolución Francesa con teleinformativos y programas del corazón (o de angina de pecho)? Me temo que no.
Los jóvenes también tienen sus pantallas. Ahí están los youtubers, los streamers, los gamers, y la madre que los parió. Ellos «proveen de contenidos» que se alejan de la casposa televisión y se adaptan al gusto del público más zagal. Lo que suena a esperanza es simplemente la misma mona que cambia de tutú: evasión, hedonismo, narcisismo, cultura del pelotazo son sus puntos cardinales. Desactivando la juventud (momento de la vida en el que teóricamente se quiere descifrar el mundo y enarbolar frondosas banderas de libertades) la batalla está perdida.
Nos queda el mundo de la cultura. Toda sociedad tiene sus guías. Lo malo es que deben asomar por las pantallas. Y optar a subvenciones púbicas. La consigna es que parezcan, pero no sean. Que protesten, mas sin molestar mucho. Solo así se irán abriendo las puertas. Solo así tendrán un sitio en el parnaso de los mejores. Y podrán posar en claroscuros con rictus libertario y mirada de gran actividad mental. «Posibilismo», dirán ellos. Yo ahí dejo la discusión.
Este es el mundo que se ofrece ante nosotros. Podemos llamarlo «normalidad». Cada uno debe trabajar para sí. Y dar gracias a Dios si le va bien. Y ver el reality o el partido si le va mal. Los de abajo seguirán estando abajo. Los del medio irán cada vez más cuesta abajo. Los de arriba estarán cada vez más arriba. Y a quien se le done la papeleta cuatrienal (contingencia esta que conocemos bajo el nombre de «democracia») velará, independientemente de su tonalidad, porque esto siga así.
El motor de la historia es la lucha contra la opresión y los opresores, contra la injustica y sus dispensadores, por una evolución de la conciencia del «uno mismo» (hombre masa, número, minusválido mental, salvaje moderno) al «sí mismo». ¿Hoy se da algo de esto? Yo creo que no. Se habla de «salvar el planeta», pero no de salvar nuestra inteligencia que ha caído a niveles de servidumbre e idiocia abismales. Mientras se habla de ecología, por ejemplo, las clases políticas y financieras nos colocan el ronzal y la esquila para llevarnos a su huerto particular. Las buenas intenciones que seducen a millones de mentes ingenuas son una cortina de humo para sus sórdidos manejos. Y hasta ahí leo.
En fin, la primera reacción verdaderamente humana ante un mundo así solo puede ser (parafraseando a Jean Paul) la náusea. Solo la náusea de millones nos podrá salvar. Solo la náusea nos guiará por el laberinto que habitamos. Solo la náusea puede hacernos ver los mil minotauros que nos atenazan.
Porque vivimos en sociedades amorales, donde rige el principio del placer y del dinero. Porque los modelos que tenemos en frente solo son siniestros regresos a otras tantas etapas oscuras del hombre. Porque somos seres morales, aunque no queramos y aunque la moral estorbe. Porque la moral es algo que no tiene que ver con religiones, sino con nuestro ser más profundo. Con nuestro ser, en definitiva. Quien pueda entender que entienda. En días como hoy solo me consuela pensar que estamos de visita.
Bravo!!!